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Ricardo Menéndez Salmón: "El papel del escritor en nuestra sociedad tiende a cero"

Publica 'Medusa', una novela sobre la vida de un artista que trabajaba para los nazis documentando el holocausto

Ricardo Menéndez Salmón no tenía previsto volver a escribir sobre el mal: «Había cerrado ya este territorio, digamos, perverso, pero de pronto se me cruzó este personaje». Se refiere a Prohaska, un artista que filma con frialdad forense el mal absoluto: «Este tipo mira y mira, no aparta ningún cáliz, se lo bebe hasta el final. Me atrajo pronto la idea de una biografía falsa con la idea sajona de la pesquisa», recuerda el escritor. Y así construyó una figura plausible, «un espectador del siglo», un testigo de la barbarie nazi que no tiene ideología, con algo de contemporáneo, tan creíble que leyendo su vida en 'Medusa' (Seix Barral) surge la tentación de buscarlo en Google a ver qué pasa.

– ¿Se basó en alguien, tal vez tiene un rizo de Leni Riefenstahl?

– No. Mi documentación es más del periodo. De hecho sé muy poco de los Prohaska que pudo haber. Conozco más el mundo de la fotografía americana de la depresión que el del documentalismo de guerra. Leni Riefenstahl tiene otro empeño, una orientación clara para generar una mitología y aquí es precisametne lo contrario.

– ¿Es el libro también una advertencia por el momento que vivimos?

– 'Medusa' puede leerse en clave europea. Los valores y conquistas europeos entraron en debacle con la II Guerra Mundial y las dos experiencias totalitarias, sobre todo la alemana. Y sí, tenemos sobre la mesa la urgencia de repensar Europa y preguntarnos por qué hemos llegado a unos comportamientos casi prefascistas, en el sentido de tener que comulgar casi por necesidad con pérdida de derechos, de valores.

– ¿Por qué mira Prohaska todo con tanta frialdad, como un forense?

– Es una mirada desencantada, pero no entendida como decepción, sino como falta de magia. «Esto es lo que hay y yo me limito a contarlo»

– Pero esa frialdad usted la muestra recortada contra el mito de Medusa.

– El mito parece un hermano bastardo del conocimiento, pero los mitos siguen teniendo un valor pregnante en las sociedades. Y aún pueden transmitir conocimiento, a veces con un valor de uso mucho mayor que el de la historiografía. Ya que era una novela sobre la mirada, me pareció que el mito de Medusa era el que mejor encajaba.

– ¿Quedaría petrificada ante la mirada de Prohaska?

– Sí, sería una especie de Perseo inverso. Efectivamente.

– Su retrato de la España de posguerra es una de las páginas más bellas del libro. ¿Qué lo inspiró?

– Quise hablar de una España que no conocí, en 20 líneas. Y bueno, espero haberme acercado. Revisité Nodos de la época, las fotos de Pomés... Cuando ves esa España, que es la de nuestros padres, realmente parece que estuviéramos viendo Calabria. Quería ser muy conciso y hacer un retrato en muy poco espacio. Y me fijé en la imagen de Goya como lector del alma española.

– Otra mirada mitológica.

– Sí, siento que ese duelo a garrotazos sigue ahí, más o menos dulcificado.

– ¿Por qué presenta el arte en un mundo «poshumano»?

– Una de las preguntas del arte hoy es si es posible concebir un arte con una vocación de posteridad. Es una pregunta que el arte no se había hecho hasta ahora. Hay que asumir que el arte es serio y debe indagar las partes oscuras de nuestra historia reciente. La dura experiencia del siglo XX entierra la banalidad del arte, contrariamiente a lo que muchos defienden.

- Y a buena parte del arte que vemos...

- Si el arte tiene algún sentido hoy es comprometerse con estos cambios. Me interesa mucho la mirada de Houllebecq, que viene proponiendo desde hace tiempo que estamos ya en un mundo poshumano. En sus novelas siempre quedaba el sexo, o la fama, pero Jed Martin, el artista de «Mapa del territorio» no sabe porqué hace arte. No le interesa el dinero ni la mujeres, es un hombre sin emociones. Como si hubiera recogido el final de «Las palabras y las cosas», de Foucault, sobre que el hombre es un mero rastro en la arena que se borrará. Es como si estuviera empeñado en coger ese testigo y plantear que «ya hemos llegado al final, ya no somos nada». Me resisto a esa mirada tan desencantada, pero me parece un escritor al que hay que leer. El arte, para sobrevivir y no convertirse en la feria que ya es, debe establecer un diálogo con las zonas oscuras de lo que somos y lo que hacemos.

– Tal vez en el siglo XX los temas del arte estaban entre el sentido de la belleza, la deshumanización o la vanguardia, pero se hurtó un debate central sobre el papel del artista.

– Sí, y el ego del artista del XIX se ha convertido en la fama con Damian Hirst, artista por antonomasia del mundo contemporáneo.

– ¿Y el del escritor? Sea autocrítico.

– El papel del escritor tiende a cero en nuestra sociedad. Los medios de comunicación no consideran a sus creadores voces autorizadas salvo para las necrológicas, no para hablar de los grandes debates de la sociedad.

– ¿Solo en España?

– Estoy convencido de que en otros países no sucede eso. En España la palabra intelectual es sospechosa. El respeto al escritor en Francia aún es mayúsculo, su voz se escucha.

Jesús García Calero,
ABC, 13/10/12